Azules egipcios: pequeños tesoros del arte faraónico
“Azules egipcios, pequeños tesoros del arte” es una selección de lo mejor de la colección Myers Museum del Eton College británico, uno de los mejores conjuntos arqueológicos egipcios del mundo.
Esta colección posee un total de 208 piezas representativas de los periodos más importantes de la civilización faraónica, desde el Imperio Antiguo hasta la época romana.
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El sol, el cielo y el Nilo
Azul verdoso significa vigor y regeneración, la renovación diaria del sol reflejada en la bóveda celeste en una cadena sin fin y el verde, fuente de vida de las aguas del Nilo.
La eternidad es una de las claves del pensamiento egipcio, un pueblo que consiguió que su cerámica azul fuera eterna con técnicas aún hoy inexplicables, un claro ejemplo de que lo colosal puede ser pequeño.

El mayor William Josep Myers (1858-1899) estuvo destinado en Egipto en las últimas décadas del siglo XIX con el ejército británico. No era especialmente ningún entendido ni mucho menos egiptólogo, pero el embrujo del país caló profundamente en él y acabó atrapado por su encanto.
Con su propio patrimonio, se dedicó a adquirir más de dos mil piezas de su arte antiguo e hizo de esta colección el centro de su vida. Como había permanecido soltero y sin descendencia, hizo testamento a favor del Eton College británico, y le legó lo mejor que tenía, lo que más amaba, es decir, su colección egipcia. Mediante sucesivas donaciones y adquisiciones, el conjunto aumentó hasta 3.100 piezas.
La máxima de hacer cosas perfectas
Dentro de esta colección destacan los objetos arqueológicos del Imperio Nuevo, especialmente de los reinados de Amenotep III y Tutankamón.
En sus diferentes exposiciones, los objetos están expuestos de manera didáctica y establecidos cronológicamente en cuatro grandes divisiones: divinidades, reyes, vida diaria y muerte. La mayoría son objetos de pequeño tamaño, pero de gran colosalidad, indicativos de uno de los aspectos que preocupaban más a los egipcios: hacer cosas perfectas.
Sala de las divinidades
En la sala de divinidades se representan las más importantes del panteón egipcio, el dios Amón, el de la música, de la sabiduría… Pero a los antiguos egipcios no les inquietó demasiado que las creencias religiosas constituyesen principios dogmáticos. Sí, fue dogma de fe que los reyes se constituyeran en sucesores de los dioses sobre la Tierra. Variadas piezas con escenas de su mundo dan a entender cómo era su vida. Incluso hay una pieza que perteneció a Tutankamón, un broche fragmentado de un collar donde se ve al rey bebiendo de una copa.
Las piezas que reflejan el quehacer cotidiano de los egipcios, como vasos y copas, conforman una de las mejores colecciones del mundo, con siete de los mejores cálices que existen pertenecientes a la colección de Marjal.

Otras salas
Entre las obras de arte predinásticas se encuentran las realizadas con piedra volcánica, tan dura que no es explicable cómo podían trabajarla.
Otros objetos de uso diario reflejan el nivel de sofisticación al que llegó esa sociedad, con mangos de espejo, paletas de afeites, cajas de cosméticos, sonajeros colgantes para crear sonidos y ambientes relajantes, anillos, camafeos, amuletos, sistros, tallas escultóricas y recipientes lotiformes decorados.
Una de las piezas es una vasija usada el día del año nuevo egipcio, cuando se celebraba la regeneración de la tierra, en la que se bebía agua del Nilo de la crecida anual, se hacían libaciones y purificaciones, igual que se toman las uvas en algunas sociedades para desear felicidad en el Año Nuevo.
Pero, principalmente, a través del mundo funerario hemos conseguido comprender cómo transcurría su existencia.
Se exponen las fórmulas religiosas para después de la muerte más antiguas que conocemos, encabezadas por una máscara, una portadora de ofrendas y los cuencos de ofrendas que, inexplicablemente, solo se han encontrado en las tumbas femeninas.

La Fayenza o “Tchehenet”
El denominador común del material utilizado para la fabricación de las piezas: fayenza o azul egipcio, un tipo de cerámica muy característico de la zona. Su nombre proviene de la localidad italiana Fayenza, cuyos artesanos renacentistas se inspiraron en los objetos de azul brillante que los egipcios denominaban ‘tchehenet’ en sus textos y que fabricaban desde la época predinástica, en el cuarto milenio antes de Cristo hasta la romana, en el siglo III de la era cristiana.
Cuando los egiptólogos comenzaron a trabajar en Egipto en el siglo XIX, tenían referentes ya acuñados del mundo neoclásico renacentista, motivo por el que se conocen como fayenza o cerámica tratada con esmalte de estaño, aunque su composición es muy diferente. En Italia la cocción se producía a temperaturas muy inferiores, la pasta se componía de forma distinta y lo único similar era la cantidad de óxido usado para precipitar los azules.

Los egipcios conseguían su azul verdoso después de una cocción a tal enorme cantidad de grados que hoy costaría gran trabajo con las tecnologías modernas. La fayenza egipcia estaba elaborada con materiales muy comunes, sus ingredientes básicos eran el polvo de cuarzo obtenido de piedras molidas de dicho mineral o extraído de la arena de sílex, una pizca de cal y óxido de cobre como colorante.
Cuando la pasta así mezclada se cocía en el horno, el núcleo de cuarzo precipitaba hacia el exterior del objeto la típica superficie brillante y vitrificada, y se usaba en sustitución de otros materiales mucho más costosos como la turquesa o el lapislázuli. La diosa Hat-Hor poseyó los títulos de señora de la turquesa y señora de la Fayenza. Para ella se hicieron sistros, amuletos, cuencos, flores de loto y otros muchos objetos sagrados, rituales o votivos.
El color del valle del Nilo
El país egipcio se halla enclavado en la zona más oriental del gran desierto del Sáhara. Allí la arena solo se interrumpe por algunos oasis y por el Nilo, el río más largo del mundo, columna vertebral del territorio. Sus aguas eran alimentadas por las lluvias monzónicas caídas en Etiopía. Bajaban en oleadas y alcanzaban el valle cada año entre los meses de junio y septiembre. Este fenómeno era conocido como la inundación y fertilizaba la tierra a lo largo de todo el curso río. No es extraño que quisieran imitar el color de sus aguas.
Con el color de sus cerámicas esmaltadas fanyenza, que en realidad se derrama en tonos escalados que van del azul celeste al cobalto, se intenta captar el firmamento imperturbable del Alto Egipto, el resplandor del sol en el cielo, la expresión máxima del renovar diario, de cómo salía y se ponía en una especie de cadena sin fin. El matiz verde era el de las aguas del Nilo, fuente de vida, un inmenso oasis neutralizador del desierto.
Aunque la pasta Fayenza contó con casi todos los colores de la paleta del artista, el azul fue su divisa distintiva como signo de vigor y eternidad, de vuelta a la vida a través de la regeneración. Una de las claves de su pensamiento fue su obsesión por alcanzar la durabilidad eterna y con estas piezas de 3.000 años de antigüedad lo consiguieron.





