El Monte de los Olivos

La historia del Monte de los Olivos de la tres veces santa Jerusalén, donde casi cada centímetro esconde una memoria, es contada por la antigüedad de los árboles que le dieron nombre, las tumbas que cubren sus laderas, las piedras de los templos que marcan lugares bíblicos y los relatos de sus peregrinos.

El Monte de los Olivos ha sido testigo y parte de la biografía jerosolimitana, con sus lomas marcadas por los pasos de Jesucristo, miles de sepulturas judías y las repercusiones de las guerras árabe-israelíes, la última, en 1967, que lo dejó en territorio ocupado por Israel y reclamado por los palestinos.

Lee también: Azules egipcios: pequeños tesoros del arte faraónico

Acorazado por el Monte Scopus al norte y el de la Corrupción al sur, con sus 818 metros de altura es un balcón excepcional a la historia con inigualables vistas a la Ciudad Vieja de Jerusalén, donde sobresale desde el Monte Moria la Explanada de las Mezquitas (Monte del Templo para los judíos y Noble Santuario para los musulmanes) del que le separa el Valle del Cedrón.

Vista general de la iglesia del Huerto de Getsemaní junto al Monte de los Olivos en Jerusalén. / EFE

La leyenda de los dos puentes

“También se le llama el Valle de Yeoshafat -dios juzgará”, explica el guía israelí Yefi desde un mirador situado en la cumbre.

“Existe la leyenda de que cuando llegue el Mesías, aquí aparecerán dos puentes: uno de acero y otro de papel. Todos los justos cruzarán por el de papel, sobrevivirán y pasarán al otro lado. Y los pecadores, que caminarán por el de acero, caerán, bajarán al Mar Muerto y desaparecerán para siempre”, resume el guía ante una pareja de viajeros ávidos por conocer los secretos del enclave.

A su alrededor circulan varios turistas, absortos en el horizonte que se abre ante sus ojos. Embelesados al asomarse a siglos de creencias en uno de los lugares más emblemáticos del mundo, cuyo exotismo es avivado por algunos comerciantes que explotan su orientalismo, ofreciendo fotos con un camello o los conocidos “kits” de Tierra Santa que incluyen agua bendecida, aceite de oliva y arena.

Jerusalén. Vista general de la ciudad desde el Monte de Los Olivos. / EFE

Tradición y las escrituras

“Cuenta la vieja tradición judía que cuando el Mesías llegue, aquí es donde tendrá lugar la resurrección. Y, por supuesto, ¡todo el mundo quiere ser el primero!”, bromea Yefi y señala las más de 150.000 tumbas, algunas de hasta tres mil años de antigüedad, que se extienden a sus pies en el cementerio judío más importante de la ciudad.

La tradición se basa en lo escrito en el Libro de Zacarías 14.4: “Y se afirmarán sus pies en aquel día sobre el Monte de los Olivos, que está en frente de Jerusalén al oriente; y el Monte de los Olivos se partirá por en medio, hacia el oriente y hacia el occidente, haciendo un valle muy grande; y la mitad del monte se apartará hacia el norte, y la otra mitad hacia el sur (…) Y vendrá Jehová, mi dios, y con él, todos los santos”.

Precisamente en esa superficie, cubierta de polvorosa arena blanca y donde los judíos de todo el mundo consideran un honor recibir sepultura, estaría enterrado el profeta, al igual que Hageo y Malaquías.

Huerto de Getsemaní

En su amplitud, el Monte es también suelo de culto cristiano. En parte por la relevancia bíblica de un pequeño parterre situado a decenas de metros del cementerio, el conocido Huerto de Getsemaní, “nombre que viene de las dos palabras hebreas ‘gat-shemen’, que significa ‘prensa de olivo”, cuenta el guía.

Además de la alusión semántica, esta zona verde conlleva una serie de referencias bíblicas porque concentra en un pequeño jardín el lugar donde Jesús predicó a sus discípulos, fue testigo de su aflicción y su traición.

La Basílica de Getsemaní también acumula los nombres de la de las Naciones o de la Agonía. Este custodia la roca que aguantó su sufrimiento tras el que renunció a la vida como hombre y se entregó a la voluntad de su padre.

A escasos pasos de allí, se yergue la Tumba de María, la capilla del Dominus Flevit, donde Cristo derramó sus lágrimas ante la visión de Jerusalén.

Un poco más arriba, la de la Ascensión (bajo custodia musulmana), o en la ladera oriental, las aldeas de Betfagé y Betania, que Jesús encontró en su camino desde Jericó a la Ciudad Santa.

Y así, un sinfín de alusiones a pasajes de la Biblia o incluidas en los relatos que han descrito y mantenido viva la esencia de Jerusalén a lo largo de los siglos, al tiempo que sirvieron de reclamo para que los peregrinos decidieran adentrarse, como siguen haciendo hoy, en los lugares santos.

La Tumba de Benei Hezir. / Eman – WIkipedia

El relato de Egeria

Cuenta con pasión que en la misma falda occidental del Monte está la gruta en la que hace miles de años se depositaban aceitunas y en la que, Jesús, podría haber buscado refugio o alojamiento cuando escapaba de las autoridades que rondaban en la ciudad amurallada.

“Los peregrinos del siglo IV le llaman la gruta donde Jesús es traicionado. El anónimo de Burdeos (Francia), empieza a hablar de la gruta donde Jesús fue aprehendido”, cuenta Sánchez sobre esta cavidad también llamada “de las enseñanzas”, donde se revelaba el Padre Nuestro y los judeo-cristianos se reunían para orar o escuchar las enseñanzas de los que fueron testigos de la vida del profeta.

“Hasta el siglo III seguía habiendo quienes habían tenido contacto con un discípulo de un discípulo. Era historia viva, tradición”, dice este franciscano.

Después, la voz se hizo texto y se produjeron documentos como el de Egeria. Una emblemática viajera que partió, posiblemente desde Galicia, a Tierra Santa en torno al año 381 (se cree que en el siglo IV el emperador romano Constantino recuperó y revistió la Tumba de Jesús) y cuyo nombre ha trascendido por la relevancia que tuvieron sus escritos para los viajeros que habrían de llegar desde entonces.

“Vino aquí unos tres años. Seguramente era una abadesa y describe su itinerario. Escribe un diario para compartir con su comunidad. Habla de los lugares santos, de la Galilea y del Monte de los Olivos”, apunta el monje.

En Tierra Santa “los creyentes pueden ver los elementos arquitectónicos” sobre los que asentar su fe, reflexiona el franciscano. Es interesante cómo la arqueología nos conforta. No es necesaria, sino completamente independiente de la fe, que se nutre de la lectura de la palabra, con la oración.

“Es importante cuando el cristiano ve, toca, lee, se nutre de la fe. Les reconforta lo que han visto, lo que han oído, lo que han tocado. Las piedras de la memoria que veneraron los primeros cristianos y seguimos haciendo ahora” opina Sánchez y destaca el “legado espiritual” de la zona.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Close