La crucifixión y los grandes pintores
Pocos son los artistas que a lo largo de la historia hayan eludido representar la Crucifixión de Jesucristo o algún episodio del Via crucis, temas cruciales en el arte de los siglos XIII al XVII pero que prácticamente desaparecieron en el siglo XIX.
Sin embargo, a partir del siglo XX las vanguardias artísticas retoman esta iconografía desde otras perspectivas para convertirla en símbolo de como el sufrimiento y tragedia rodean inexorablemente la condición humana, algo que trasciende épocas y creencias.
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Pablo Picasso (1881-1973)
Picasso era consciente de la carga simbólica que la imaginería religiosa se servía para inspirar devoción y por muy irreverente o ateo que fuera, no pudo liberarse de la tradición española y a pesar de su agnosticismo la religión católica imperante en su época, el tema de la crucifixión debió de conmover profundamente a Picasso desde su juventud hasta su vejez.

Esto se refleja en su Crucifixión (1930), una pequeña tabla de madera (50 x 60 cm) que por sus reducidas dimensiones hizo pensar a los expertos que se tratara de un ensayo para una obra de mayor tamaño que nunca llegó a realizar. Fuera como fuere, debió ser muy importante para Picasso puesto que nunca se desprendió de ella.
Emil Nolde (1867-1956)
Uno de los más destacados pintores del expresionismo alemán, Emil Nolde en la Crucifixión (1912), reflexiona sobre el relato cristiano de la crucifixión de Jesucristo muy influido por van Gogh, Munch o Ensor.

La figura central de Jesús en la cruz representa a base de intensos contrastes de color, ese uso visceral del color y de la pincelada expresiva, tan típica de Nolde y del movimiento expresionista en general, donde la forma, color y fuerte pincelada impregnan la escena avivando la emoción y la sensación de agonía.
Debajo, un grupo de espectadores con rostros distorsionados, como máscaras, podrían representar las reacciones de la multitud que presenció la crucifixión. Extremidades alargadas y rasgos exagerados contribuyen al impacto general de la escena, resaltando emociones como el sufrimiento y la redención.
Marc Chagall (1887-1985)
La crucifixión blanca (1938) del bielorruso Marc Chagall no es el único cuadro que el pintor de origen judío dedicó al Crucificado, pero sí el de mayor tamaño y el más conocido donde además de representar la agonía de Cristo en la Cruz, esconde un claro simbolismo relacionado con el dolor del pueblo judío.

Chagall lo pinta en uno de los momentos más oscuros y trágicos de la historia de Europa: Hitler iba a invadir Polonia el año siguiente y para los judíos había empezado el tiempo de sufrimiento: La “Noche de los cristales rotos”, en el otoño del 38, marcó el inicio de la terrible persecución, el holocausto antisemita realizada por el nazismo.
Antonio Saura (1930-1998)
Su Crucifixión (1959-63), del Museo Guggenheim Bilbao, es una de las pinturas más impresionantes que realizó Saura sobre este tema, que comenzó a tratar en 1957 y no abandonó hasta su muerte en 1997. La crucifixión (como en Picasso), deja de ser un emblema cristiano o cultural y se convierte en una imagen de la tragedia de la condición humana. Saura, de hecho, explicó que no había ningún motivo religioso en su aproximación a este asunto bíblico tradicional.

Esta pintura de garabatos frenéticos encarna lo que le daba a la obra de Saura una trascendencia única en la España de aquel momento: el modo audaz y contundente de tomar el modelo creado por Velázquez (la famosa Crucifixión de Velázquez (1632), del Prado de Madrid) dándole un tratamiento moderno, es decir, abriéndole al debate crítico.
Fernando Botero (1932-2023)
Entre la menos conocida pero abundante pintura religiosa de Fernando Botero, figuran 27 óleos de diversos tamaños y 34 dibujos sobre el Vía Crucis que el artistas colombiano creó entre 2010 y 2011.

La obra que trasciende el origen religioso del tema, integra recuerdos de la infancia del autor al tiempo que aplica su estilo inimitable al relato bíblico, sin cambiar la esencia ni los hechos, pero aportando un punto de vista inédito y, sobre todo, como homenaje a su tierra.
Botero da vida a uno de los grandes temas de la iconografía sagrada desde el Renacimiento, que para el pintor es: “Una bellísima tradición iconográfica en la que los artistas introducían la vida diaria en la historia. Y yo me he tomado la misma libertad de mezclar ciertas realidades latinoamericanas con el tema bíblico”.
Botero retrata todos los episodios del Vía Crucis con emoción y respeto pero sin perder su tradicional sentido del humor, combinando elementos incongruentes con una composición surrealista con la intención de hacernos reflexionar sobre las injusticias que relacionan los tiempos de Cristo con los actuales.





