La Olmeda: una señorial residencia arqueológica

En la tranquila llanura palentina, La Olmeda se alza como una de las villas rurales palaciegas más representativas del final del dominio romano en Hispania.

Sus elegantes y bien conservados mosaicos (más de 1.400 metros cuadrados) así como sus espacios arquitectónicos, reflejan el lujo y la sofisticación de una élite que, a pesar de la decadencia del Imperio, mantenía viva la tradición romana.

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La Olmeda arqueológica

Descubierta casi por azar bajo las tierras de labor de Pedrosa de la Vega (Palencia), la villa romana de La Olmeda es uno de los recintos arqueológicos más importantes del mundo y una de las villas rurales más extensas y completas, testimonio del lujo y el refinamiento de la Hispania tardorromana.

El hallazgo de esta villa se debe a la intuición y curiosidad de un hombre. El 5 de julio de 1968, durante las labores agrícolas en el pago de La Olmeda, el propietario de la finca, Javier Cortes Álvarez de Miranda, tropezó con los restos de una vieja pared. Bajo aquella tierra surgieron los primeros indicios de un palacio olvidado durante siglos.

Abogado de profesión y entusiasta de la arqueología, comenzó a excavar con paciencia. Cuando aparecieron fragmentos de mosaicos, contactó con el arqueólogo y catedrático de Arqueología, Pedro de Palol, y director de las excavaciones que comenzarían poco después.

El 5 de julio de 1968, durante unas labores agrícolas en el pago de La Olmeda, en Pedrosa de la Vega, el propietario de la finca, Javier Cortes Álvarez de Miranda, tropezó con los restos de una vieja pared. La imagen muestra parte de los trabajos de excavación. / Diputación Provincial de Palencia

Residencia señorial

Lo que emergió fue mucho más que una villa rural: una residencia señorial de proporciones palaciegas, con 4.400 metros cuadrados y 35 estancias, muchas de ellas cubiertas por mosaicos polícromos conservados in situ.

Piedra a piedra, mosaico a mosaico, aquella finca fue revelando un excepcional conjunto de más de 1.400 metros cuadrados de mosaicos polícromos, llenos de ricas y complicadas escenas minuciosamente detalladas, colores vibrantes y una decoración de gran refinamiento.

“La Olmeda es uno de los conjuntos más notables de la arquitectura doméstica tardorromana de Occidente”, aseveró ya De Palol tras las primeras campañas. “La Olmeda, añadía, es el testimonio de una civilización que se resiste a desaparecer, el espejo de un mundo que buscó belleza incluso en el umbral de su ocaso”.

El hallazgo de la Villa palaciega de La Olmeda, uno de los yacimientos arqueológicos más valiosos de la Hispania romana, fue fruto del azar y de la intuición de un hombre curioso. / Diputación Provincial de Palencia

Época Flavia

Sus orígenes se remontan a finales del siglo I y comienzos del siglo II (época Flavia), periodo al que corresponde la estructura de una primera edificación situada al norte de la actual. Sin embargo, a mediados del siglo IV se produce un cambio radical en su emplazamiento: el edificio primitivo se abandona o se destina a otro uso, y en su lugar se levanta una nueva construcción de mayor envergadura.

Se trata de un espléndido edificio compuesto por dos partes independientes, unidas por un amplio pasillo: al este, la zona privada de los propietarios; al oeste, las termas o zona de baños. El conjunto se completaba con otras dependencias destinadas a colonos y siervos, así como almacenes, cuadras y diversas áreas de trabajo.

Un palacio entre campos de cereal

La pars urbana, o edificio principal, es un cuadrado perfecto flanqueado por torres en sus cuatro esquinas. Sus 35 habitaciones se despliegan en torno a un patio central porticado, extendiéndose sobre 4.400 metros cuadrados de superficie. De todas ellas, 26 conservan en su suelo los 1.400 metros cuadrados de mosaicos polícromos que tanto sorprenden tanto por la calidad de su ejecución como por el excelente estado de conservación.

La fachada principal se abre al sur con un pórtico de columnas entre dos torres octogonales. El vestíbulo que se accede mantiene intacto su mosaico, preludio de la gran galería transversal decorada con motivos geométricos que da acceso a las estancias nobles: el Oecus o salón de recepciones, un comedor privado y habitaciones calefactadas con un sistema de hypocaustum. En el ala oeste, el Triclinium (el gran comedor) refleja reformas tardías que aumentan su valor arqueológico.

Las habitaciones al norte y sur del patio, en contraste, presentan suelos sencillos de tierra apelmazada u opus signinum, destinados a despensas, cocinas y servicios. Aquí también se hallaron restos de escaleras que ascendían a una planta superior hoy perdida, de la que se conservan mosaicos expuestos sobre soportes metálicos.

El corazón artístico de La Olmeda reside en sus mosaicos, verdaderos tapices de piedra que narran mitos y escenas cotidianas. Entre ellos destaca el Oecus, un salón de 175 metros cuadrados donde se conserva uno de los mejores mosaicos figurativos romanos de Europa. Detalle del Oecus con escena de cacería. / Diputación Provincial de Palencia

Mosaicos que cuentan historias

El corazón artístico de La Olmeda reside en sus mosaicos, verdaderos tapices de piedra que narran mitos y escenas cotidianas. Entre ellos destaca el Oecus, un salón de 175 metros cuadrados donde se conserva uno de los mejores mosaicos figurativos romanos de Europa.

Sus pequeñas teselas se organizan en una armoniosa escena donde se narra el episodio de Aquiles descubierto por Ulises en Skyros. La escena se enmarca en una cenefa que muestra retratos, quizá de los dueños, flanqueados por ánades y delfines, símbolos heráldicos de poder y nobleza. Bajo esta imagen principal, una vibrante escena de caza revela a cazadores armados a pie y a caballo, rodeados por animales autóctonos y exóticos, con un realismo impresionante.

Y es que estas imágenes, estas escenas, no solo decoran; son un relato visual de la cultura, el poder y la identidad de quienes habitaron la villa. Como bien apuntó de Palol, “estos mosaicos son poesía en piedra, memoria y mito entrelazados bajo nuestros pies”.

El lujo del bienestar romano

Anexos al palacio se encuentran los balnea, o baños termales privados, con una superficie que supera los 900 metros cuadrados. Excavados y consolidados desde 1970, estos espacios reflejan el ritual del bienestar romano en la provincia.

El gran corredor que conecta con la domus pudo funcionar como palaestra, un gimnasio donde los habitantes practicaban ejercicio. Las termas se dividen en dos zonas: al sur, una estancia circular calefactada por un sistema de hipocaustum y varias salas de masaje; al norte, vestuarios, piscinas de agua fría y las salas templada y caliente, equipadas con sistemas avanzados de calefacción.
Incluso se han identificado letrinas que subrayan el nivel de sofisticación y comodidad que los dueños de La Olmeda disfrutaban en plena meseta castellana, un lujo impensable para la mayoría en aquella época.

Piedra a piedra, mosaico a mosaico, aquella finca fue revelando un excepcional conjunto de más de 1.400 metros cuadrados de mosaicos polícromos, llenos de ricas y complicadas escenas minuciosamente detalladas, de colores vibrantes y una decoración de gran sofisticación. / Diputación Provincial de Palencia

La vida en torno al latifundio

No todo era lujo en La Olmeda. Alrededor de la mansión se extendía la pars rústica, zona de trabajo agrícola con graneros, talleres, hornos y viviendas modestas para los trabajadores. Aquí se hallaron varias necrópolis cuyos ajuares (vasijas de vidrio verdoso, herramientas, arreos de bronce, monedas), han permitido reconstruir la vida rural en la Hispania tardo-romana.

Los objetos recuperados se exhiben hoy en el Museo de La Olmeda, en Saldaña, donde el visitante puede contemplar desde vajilla de mesa de terra sigillata hasta delicados frascos de perfume, testigos de una cultura que aún hoy sigue hablándonos.

En definitiva, este entorno permite comprender la compleja red social y económica que giraba en torno a una villa señorial, con una aristocracia que buscaba reflejar su poder y gusto refinado en el arte y la arquitectura, mientras la mayoría trabajaba la tierra y mantenía la producción que sustentaba aquel lujo.

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