La pollera panameña
Uno de los trajes folclóricos más caros y bonitos del mundo, la pollera panameña, abre la puerta a la controversia entre las costumbres y la innovación.
Cuando la identidad folclórica de un país está en riesgo, la necesidad de establecer normas que protejan las tradiciones choca con la creatividad de los artistas y la evolución natural de danzas, músicas y vestidos.
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Panamá, una cuna de oro
En el siglo XVII en Panamá, las esposas de los colonos españoles se paseaban con una falda ancha ceñida en la cintura, conocida como pollera, y con todas las joyas de oro que tenían, alardeando de su riqueza y distinción.
Panamá era entonces un país rico en oro, con ciudades como Portobelo, situada a 115 kilómetros de la capital, al otro lado del istmo, en la costa del Caribe, donde los españoles acumulaban la plata, las piedras preciosas y el oro procedente de sus colonias en Centro y Sudamérica, antes de su envío a la metrópoli por su flota naval.

El Casco Antiguo de la ciudad de Panamá escondía, y aún esconde, el altar de oro de la iglesia de San José, que ante el ataque del pirata inglés Henry Morgan, los sacerdotes pintaron con arcilla para que pareciera un objeto sin valor, según cuenta la leyenda.
En medio de esta abundancia de oro se desarrolló la pollera, un vestido que se extendió por toda América Latina, pero que echó raíces en Panamá “con una exquisitez, elaboración y artesanía incomparables con el resto de polleras”, según destaca el presidente de la Comisión Nacional del Folclor de Panamá, Rafael Medina.
Sin embargo, hoy en día, la pollera panameña afronta una influencia foránea de faldas procedentes de Nicaragua, Guatemala, El Salvador y México, además de las tergiversaciones en el vestuario de los propios ballets folclóricos que representan las tradiciones tanto dentro del país como a nivel internacional.
La tradición
En la pintoresca ciudad de Las Tablas, unos 280 kilómetros al oeste de la capital, donde los hombres caminan por las calles con auténticos sombreros pintados y donde el caos de la ciudad es manifiesto, se concentran las mejores artesanas y orfebres del país. Expertos que han tenido desde pequeños las manos en el folclor.
En una casa hecha de adobe, con las paredes pintadas de colores vivos, pero ya desgastados, habita, solamente durante las fiestas del pueblo, el escritor e investigador del folclor Edgardo de León Madariaga, de 75 años, reconocido por sus diseños y su contribución folclórica con libros como “Presencia y simbolismo del traje nacional de Panamá” (1980).

“Nuestra pollera tiene guirnaldas florales en sus telas trabajadas a mano, trencillas de bolillo, encajes valencianos, los ‘tembleques’ de la cabeza y las enaguas. Esto es lo que hace única y cara la pollera panameña”, según Madariaga.
El diseñador asegura que está “haciendo campaña” en contra de “las personas adineradas que han tomado la pollera para hacer exhibición de su riqueza”, punto que espera que la nueva reglamentación prohíba, ya que “la gente pobre no puede acceder” a este tipo de vestidos.
¿Arte o folclorismo?
Madariaga es considerado uno de los folcloristas “más conservadores y ortodoxos” por el estudioso del folclor Cristóbal Rodríguez, que prepara, paralelamente en una casa de Las Tablas de color beige y con hamacas en la entrada, a su “empollerada” para competir en el mismo concurso.
“Es necesario un reglamento para que las personas tengan conocimiento de cómo vestirse adecuadamente. Ahora bien, en el folclor nunca ha existido. Cuando nos vamos al campo las mujeres y hombres nunca han seguido unas normas, saben que el sombrero se pone así y se pasa de generación en generación, no es algo escrito”, señala Rodríguez.

Para este diseñador, nadie puede decir a un campesino cómo debe vestir, ni decir a las artesanas que esto no es folclórico, porque ellas “hacen arte”. Rodríguez defiende normas mínimas para conocer el principio, pero con libertad para el artista y espacio para la creatividad.
También recuerda que, a principios de siglo, había limitaciones en telas y materiales y ahora la riqueza es muy extensa, lo que permite diseñar polleras con más vuelo y con más facilidad para bailar.
El exceso de riqueza en la empollerada no es un inconveniente para Rodríguez, en desacuerdo con quien hace “campaña” en contra de la excesiva exhibición de joyas. A su juicio, este traje siempre ha sido, tradicionalmente, una forma de mostrar la riqueza de cada familia.
“La empollerada debe llevar un mínimo de siete cadenas y ninguna repetida. Pero hay una persona en el folclor que dice que el máximo deben ser siete. Nosotros hemos documentado que en la ciudad de Las Tablas una mujer se ponía todo lo que tenía, porque era un orgullo, y hoy en día las personas que en un concurso llevan siete cadenas se ven pobres”.
Rodríguez también difiere de la labor de Madariaga en cuanto a los diseños de las faldas, ya que considera que es “más simple y delicada y que sigue los patrones tradicionales”, pero la suya es “más rica, elaborada, añadiendo más trabajo y ornamentos”.
Lujo minoritario
Solo la camisa y el pollerón (la falda) que usan las panameñas en este traje típico pueden valer más de 5.000 dólares, por las valiosas telas que se emplean y el trabajo que realizan las artesanas, que tardan entre seis meses y un año en su elaboración.
Con las enaguas, joyas, zapatos, abanicos y los “tembleques” que adornan la cabeza, el precio de la pollera puede incrementarse hasta los 25.000 e incluso 50.000 dólares.

La reina del Festival Nacional de la Pollera, que desde hace más de medio siglo se celebra todos los años en Las Tablas, debe tener como mínimo de 12 a 15 polleras distintas para usarlas en cada uno de los actos incluidos en la agenda de festejos. La reina se escoge por el número de polleras que tiene, lo que viene determinado por la capacidad adquisitiva de la familia, capaz de afrontar un gasto semejante.
En el concurso de polleras de la localidad, aparte de valorar la confección, los complementos y el donaire de las muchachas al bailar, el jurado tiene en cuenta negativamente si las joyas son simplemente de plata bañada en oro, según los organizadores del festival.
¿Cómo conseguir que las personas respeten las reglas si es tan costoso vestir una auténtica pollera? Usar flores de papo en vez de cadenas de oro en el cuello o vestir la pollera de basquiña en vez de la pollera de gala son algunas de las medidas que se pueden tomar, según el folclorista Ricaurte Villarreal, para seguir manteniendo el vestuario tradicional.
El futuro de la pollera
Artesanas, diseñadores, investigadores, docentes, puristas y eclécticos, todos coinciden en la misma lucha, que el Ministerio de Educación de Panamá contemple las materias de cultura folclórica como obligatorias en todas las escuelas.
Aún así, Panamá dispone de las licenciaturas en Folclor por la Universidad Especializada de las Américas y por la Universidad de Panamá, donde cada año se gradúan unos 100 alumnos, preparados para dar clases sobre las tradiciones folclóricas del país, una de las pocas salidas laborales que tendrán.
El también docente de folclor Ricaurte Villarreal subraya: “La cultura es todavía incipiente en el país y es muy difícil de mantener porque Panamá es más comercial que otra cosa. Después de tener a los norteamericanos en nuestro territorio por más de 100 años, estamos luchando por configurar nuestra identidad como pueblo”.
Una identidad que la normativa, que se espera difundir en medios de comunicación y escuelas del país en los próximos meses, quiere preservar intacta. Plasmada en este traje folclórico reconocido internacionalmente por su elevado coste y escrupulosa elaboración.





