Los aztecas: Entre la construcción y la música

Como en el Renacimiento europeo, los artistas prehispánicos mexicanos realizaban sus obras de arte por encargo de las órdenes sacerdotales.

La diosa del agua, Chalchiuhtlicue, reposa su pétreo cuerpo a la espera de la lluvia, un milagro cuya necesidad continúa vigente. Su delicada realización la convierte en digna representante del arte de los aztecas, un pueblo que fue gran constructor y músico.

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Legado en piedra

La piedra no tenía secretos para los aztecas. El arte de esculpir lo habían heredado de la civilización anterior, los olmecas (1300-600 a.C.), padres de todas las culturas mesoamericanas.

Mucho antes de que los artistas renacentistas europeos recibieran el mecenazgo de la Iglesia para la realización de sus obras, creadas casi siempre por encargo, los ‘ejecutores’ anónimos del arte azteca, y del arte prehispánico por lo general, estaban dedicados a llevar a cabo las peticiones de los sacerdotes, para todo tipo de ritos y necesidades religiosas.

Lo anterior lo realizaban con el fin de lograr el favor de los dioses, es decir, por el mismo motivo de fondo que las iglesias europeas encargaban increíbles catedrales, esculturas y pinturas.

Pero las manifestaciones artísticas aztecas también tenían un fuerte componente social, ligadas al servicio del estado, con el fin de reforzar la identidad del pueblo mexica.

Aunque, al igual que en Europa, en la organización de la sociedad el aspecto religioso ocupaba uno de los primeros planos, con todos los mitos y tradiciones que guiaban el comportamiento de hombres y mujeres.

Tapadera de incensario. Cerámica pintada. Periodo clásico medio (400-700 d.c.). México central. Se conserva en el Museo de América de Madrid. / Paco Torrente

Escultura monumental y simbólica

La escultura aparece generalmente asociada a los grandes edificios, monumental pero realista con toques surrealistas. La mayoría de las piezas representan a dioses, mitos, leyendas y gobernantes.

Destacan la imponente Coatlicue (diosa de la tierra); la cabeza de Coyolxauhqui (diosa de la Luna e hija de Coatlicue); la Piedra del Sol o Calendario azteca, enorme bloque circular trabajado en relieve y dedicado a la divinidad solar Tonatiuh, que algunos investigadores atribuyen al monstruo de la tierra Tlaltecuhtli, y la Piedra de Tizoc, gran disco que narra en un friso las conquistas del que fuera famoso Tlatoani, emperador de los aztecas entre 1481 y 1486.

También es muy conocida la imagen de la diosa de las flores Xochipilli, sentada sobre un gran taburete con todo el cuerpo cubierto por flores tatuadas.

La escultura de tamaño pequeño en piedra tuvo también una gran importancia. Solía pertenecer más al ámbito de lo cotidiano, reproduciéndose generalmente en objetos comunes. Algunas piezas conservan restos de pintura e incrustaciones realizadas con diferentes tipos de piedras.

Chalchiuhtlicue y el culto al agua

El Museo América de Madrid (España) cuenta con bellas figuras de cerámica y de piedra, sellos o pintaderas e instrumentos musicales de arcilla aztecas. Destacan un adorno labial de cristal de roca y una cabeza de felino tallada en cristal de roca verde.

Pero la estrella azteca que reposa en el museo es una enigmática y preciosista escultura de piedra de la diosa del agua Chalchihutlicue, tallada con una delicadeza que no se da profusamente en la mayoría de las representaciones aztecas.

Esta diosa aparece sentada sobre los talones y las manos sobre las rodillas, una clásica postura de las mujeres aztecas. Se encuentra ataviada con un rico tocado y con la tradicional vestimenta femenina indígena.

Dios de la regeneración de la vida. Cerámica. México, en una vitrina del Museo de América de Madrid. / Paco Torrente

El paraíso del dios de la lluvia

Respecto al culto al agua, el mural de Tlalocan representa el paraíso del dios de la lluvia, al cual solo llegaban los que habían muerto ahogados o a consecuencia del agua. La veneración al agua hace suponer que esta era escasa para las cosechas, y se respetaba el poder de los lagos y manantiales.

La selva resguardó y ocultó muchas de las obras de arte no destruidas por los conquistadores, ni perdidas, gracias a las cuales se debe el conocimiento que ha quedado sobre una cultura que conocía la divina proporción y que permanecerá grabada en las páginas de la historia del arte como una de las mejores en la construcción de edificios.

Templos, astronomía y arquitectura sagrada

Uno de los índices del nivel de un pueblo se puede medir estudiando su arquitectura. Las tres civilizaciones más importantes de América elevaron para adorar a sus dioses templos monumentales, adornados con fabulosas creaciones artísticas.

Mientras los Incas disponían de zonas montañosas para ubicar sus templos y darles realce, los Mayas y Aztecas crearon estructuras piramidales truncadas, en cuya parte superior construyeron los templos para sus dioses.

Los santuarios más grandes y bellos fueron construidos en Tenochtitlán, Uxmal y Chichén Itzá, ubicados en México, y el imponente santuario de Tikal, en Guatemala. En cuanto a los Incas, erigieron la maravillosa ciudadela de Machu Picchu, en Perú, acarreando enormes bloques de piedra desde kilómetros de distancia; también en Perú y Bolivia, quedan las admirables ruinas del legendario Tiahuanaco, con su fabulosa puerta del Sol.

Los aztecas elevaron templos, en cuya cima se encontraban miradores u observatorios astronómicos, desde los cuales escudriñaban constantemente los cielos y determinaban la posición y el recorrido de los astros diurnos y nocturnos. Usaban los datos que recolectaban para prevenir sus siembras y cosechas.

Como todas las civilizaciones antiguas, la americana deificaba su entorno, tenía dioses para sus cosechas, para disponer de abundante agua, buena caza, excelente salud, etc. También las fuerzas de la naturaleza, los astros del firmamento y los fenómenos naturales, truenos, lluvias o terremotos eran divinizados; al no poder controlar las fuerzas naturales de las que dependía su supervivencia, por ser pueblos cazadores y agrícolas, atribuían dichas fuerzas a seres superiores, los dioses, a los que pedían protección y veneraban.

Incensario con la imagen del dios de la lluvia Tlaloc. Cerámica. Estilo calima (el chanal) periodo postclásico temprano (900-1250 d.c.). Occidente de México. Se conserva en el Museo de América de Madrid. / Paco Torrente

La música en el ritual azteca

En cuanto a los instrumentos musicales aztecas que conserva el Museo de América forman parte de una gran simbología. La música tenía una función muy importante en el ritual mexica. Había lugares dedicados especialmente a la educación musical, llamados cuicacalli. En otros edificios como el mixcoacalli, además de guardar los implementos para los cantos y danzas, se reunían los que tocaban el teponaxtle. En el mecatlan se enseñaban a tocar todos los instrumentos musicales, pero especialmente los de viento.

Existían sacerdotes especializados en componer y supervisar los cantares: el epcoacuacuilli tepictoton componía cantos para los templos y las casas particulares; el tlapizcatzin cuidaba y corregía los cantos dedicados a los dioses. Los músicos tenían un status muy alto, puesto que se componían cantos especiales para los dioses principales.

Huéhuetlí y el teponaxtle

Los instrumentos más importantes eran dos tambores, el huéhuetlí y el teponaxtle, que acompañaban prácticamente a todas las danzas con gran variedad de flauta. Tezcatlipoca era un dios que estaba especialmente relacionado con la flauta; su imagen viva la tocaba continuamente y poco antes de morir rompía las flautas que había utilizado mientras representaba al dios.

Tezcatlipoca también tuvo que ver con el origen de la música. Otros instrumentos musicales fueron el caracol marino, que era un importante instrumento ritual de viento, las sonajas de diversos tipos, las campanas de cobre y los raspadores de hueso. Huehuecóyotl (coyote viejo) aparece como dios de la música.

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